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viernes, 31 de diciembre de 2010

A ciento cuarenta y cinco kilómetros por hora.



Arrollé el amor con las ruedas de mi coche, lo revolqué entre las estrías de los neumáticos. En la autopista 1, pisé acelerando a fondo, aspiré la noche y sus bombas y sus proyectiles a través de los orificios de ventilación del coche y de los dientes de mi boca, anhelante, lloroso, ávido de un beso más, de su forma de hablar y de su forma de andar, ofrecí rezos sin condiciones, amor sin planes.




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