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jueves, 9 de septiembre de 2010

Albert Espinosa, Todo lo que podríamos haber sido tú y yo si no fuéramos tú y yo.





Ella siempre me hablaba de los grosores del silencio, que eran evidentes en los teatros.

Me los mostró muchas veces en directo desde la última butaca de numerosos teatros.

Había silencios de dos centímetros que equivalían a atención sin pasión.

Otros más gruesos; silencios que rondaban los cuarenta centímetros, que son los que perforan al intérprete y hacen que sienta la magia del teatro en toda su plenitud.

Y finalmente los de noventa y nueve centímetros. Ésos son tan esplendorosos como una triple risa al unísono de todos los espectadores. Resuena, se escucha, se vive y se siente. Es la pérdida de conciencia total del espectador, justo cuando olvida cualquier problema personal y su cerebro deja de emitir el sonido de la preocupación; eso es lo que hace que el silencio sea supremo. Dejar de pensar lo silencia todo.

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