¡Tengo que ponerme a dibujar pero ya!, que hace días que no saco tiempo para eso ni tampoco para fotos pendientes.
martes, 11 de enero de 2011
domingo, 9 de enero de 2011
El insoportable tic-tac del reloj. La lluvia en la cara. Una canción de Russian Red, no importa cual. El olor a jazmín que se expande por la habitación. Piel de gallina. La camisa vaquera que se arruga. Cosquillas. El mejor de los libros. Ponerse los cascos y marcharse de ese lugar. Cerrar los ojos. Reír hasta que le duela la tripa. El sonido de la cerilla al prenderse. Velas moradas. Las palomitas haciéndose en el microondas. Un vaso de agua que rebosa. Un día con sorpresas. Té de mora. Calarte hasta los huesos. Saltar y caer. La hierba bajo los pies. Pintauñas rojo. Colonia nenuco. Gelaneuria. Fotos en la pared. El click al abrir una lata de coca-cola. Pies fríos. Fresas con azúcar. Ver amanecer. Dormir una hora diaria. Cantar. Subir el volumen y no escuchar nada más. Un café con hielo picado. Llegar siempre tarde. Una llamada perdida. Un calcetín de cada color. Piruletas de sandía. Arreglar un error. Una cara sonriente por pendiente. Gafas 3D. Un capitulo de Friends. ¿Conoces a Joe Black? Una gota de agua por la barbilla. La tontería más graciosa. Un autobús que no llega. Demasiados cuadros para dos ojos. El óleo en la piel. La luna en Bilbao. La luna en Irlanda. Besos en la frente. Conversaciones a las tres de la mañana. Un rayo de sol que no te deja ver. Gritar. Un susurro en la nuca. Correr por el pasillo. Hacer el pino. El ruido del teléfono a las siete y media. Piel y aire. La sombra del viento. Guiñarte un ojo. Felicidad ¡qué bonito nombre tienes! Silencios. Diferencias. Hoy todo lo demás es lo de menos. Caótica. Las olas de fondo. Arena en los zapatos. Temblar. Dormir hecha un ovillo. Recuperar la respiración. El sonido del obturador. Marcas en las páginas de un libro. La vida en los ojos. La nariz congelada de frío. Estirarse en la cama. Una ilusión. Miércoles. Insomnio. Las tripas crujiendo en clase. Zambullirse en el agua. Gafas apoyadas en la mesa. Cojines en el suelo. Salir a la terraza a las cuatro y mirar las estrellas. La cama sin hacer. Llegar tarde a comer. Y sentir.
domingo, 2 de enero de 2011
La sombra del viento
-¿Y cómo me ves tú a mí?
-Como un misterio.
-Ése es el cumplido más raro que me han hecho nunca.
-No es un cumplido. Es una amenaza.
-¿Y eso?
-Los misterios hay que resolverlos, averiguar qué esconden.
-A lo mejor te decepciones al ver lo que hay dentro.
-A lo mejor me sorprendo. Y tú también.
-Como un misterio.
-Ése es el cumplido más raro que me han hecho nunca.
-No es un cumplido. Es una amenaza.
-¿Y eso?
-Los misterios hay que resolverlos, averiguar qué esconden.
-A lo mejor te decepciones al ver lo que hay dentro.
-A lo mejor me sorprendo. Y tú también.
viernes, 31 de diciembre de 2010
A ciento cuarenta y cinco kilómetros por hora.
Arrollé el amor con las ruedas de mi coche, lo revolqué entre las estrías de los neumáticos. En la autopista 1, pisé acelerando a fondo, aspiré la noche y sus bombas y sus proyectiles a través de los orificios de ventilación del coche y de los dientes de mi boca, anhelante, lloroso, ávido de un beso más, de su forma de hablar y de su forma de andar, ofrecí rezos sin condiciones, amor sin planes.
martes, 28 de diciembre de 2010
miércoles, 22 de diciembre de 2010
Fantasmas entre las páginas
No tengo ex libris, y nunca quise tenerlo. El ex libris, como saben ustedes, es una etiqueta o pegatina impresa que se adhiere a una de las guardas interiores de los libros de una biblioteca, para identificar a su propietario. «Soy de Fulano de Tal», suele decir la leyenda, o recoge algún lema –«Nunca estoy menos solo que cuando estoy solo» por ejemplo– que a menudo viene acompañado de una ilustración, motivo o escudo. Es costumbre bonita y antigua, y algunos ex libris son tan hermosos que hay quien los colecciona. Alguna vez un amigo artista se ofreció a hacerme uno, pero nunca acepté. Tengo mis ideas sobre la propiedad de libros y bibliotecas, y están relacionadas con lo efímero del asunto. He visto muchos libros arder, biblioteca de Sarajevo incluida, y comprado demasiados libros viejos como para hacerme ilusiones al respecto. Si es cierto que todo en esta vida lo poseemos sólo a título de depósito temporal, los libros son un recordatorio constante de esa evidencia. Creo que pretender amarrarlos a la propia existencia, al tiempo limitado de que dispone cada uno de nosotros, es un esfuerzo inútil. Y triste.
Quizá sea ésa, la palabra ‘tristeza’, la que mejor define el asunto. Como comprador y poseedor contumaz de libros usados, cazador de ojo adiestrado y dedos polvorientos en librerías de viejo y anticuarios, nunca puedo evitar que, junto al placer feroz de dar con el libro que busco o con la sorpresa inesperada, al goce de pasar las páginas de un viejo libro recién adquirido, lo acompañe una singular melancolía cuando reconozco las huellas, evidentes a veces, leves otras, de manos y vidas por las que ese libro pasó antes de entregarse a las mías. Como un hombre que, incluso contra su voluntad, detecte en la mujer a la que ama el eco de antiguos amantes, nunca puedo evitar –aunque me gustaría evitarlo– que el rastro de esas vidas anteriores llegue hasta mí en forma de huella en un margen, de mancha de tinta o de café, de esquina de página doblada, anotada o intonsa, de objeto que, abandonado a modo de marcador entre las hojas, señala una lectura interrumpida, quizá para siempre.
Y en efecto, ‘tristeza’ es la palabra. Melancolía absorta en las vidas anteriores a las que el libro que ahora tengo en las manos dio compañía, conocimiento, diversión, lucidez, felicidad, y de las que ya no queda más que ese rastro, unas veces obvio y otras apenas perceptible: un nombre escrito con tinta o la huella de una lágrima. Vidas lejanas a cuyos fantasmas me uniré cuando mis libros, si tienen la suerte de sobrevivir al azar y a los peligros de su frágil naturaleza, salgan de mis manos o de las de mis seres queridos para volver de nuevo a librerías de viejo y anticuarios, para viajar a otras inteligencias y proseguir, de ese modo, su dilatado, mágico, extraordinario vagar.
Por eso, como digo, no tengo ex libris. Rindo culto a los fantasmas, pero no deseo ser uno de ellos. Las estirpes se acaban, los mundos se extinguen, y tarde o temprano llega siempre el tiempo de los ropavejeros y los bárbaros. No quiero que mi nombre, mi lema, mi frágil vanidad de propietario sean causa de que, pasado el tiempo, alguien abra un libro polvoriento o chamuscado y descubra allí mi nombre como en la lápida de una tumba; donde por cierto, tampoco deseo figurar, jamás: «Soy –fui– de Fulano de Tal». Por eso, del mismo modo que conservo con celo ritual cualquier reliquia de anteriores propietarios, dejando allí donde la encuentro la hoja o el pétalo seco de flor, la carta doblada, el dibujo, la tarjeta postal, en lo que a mí se refiere procuro, como quien borra con cuidado las huellas de un asesinato, eliminar todo rastro. Por desgracia, alguno es indeleble: dedicatorias de amigos, subrayados y cosas así. Pero el resto de evidencias procuro eliminarlas con impecable eficacia. Situándome con paranoia de asesino minucioso ante cada libro que abandono en un estante para cierto tiempo –tal vez para siempre–, reviso antes sus páginas retirando cuanto allí dejé durante la lectura: cartas, tarjetas de embarque, notas, facturas, tarjetas de visita. Sin embargo, cuando tras la última ojeada considero limpia la escena del crimen y estoy a punto de cerrar la puerta a la manera de un Rogelio Ackroyd dispuesto a enfrentarse al detective, no puedo evitar una sonrisa contrariada y cómplice. Sé que, pese a mis esfuerzos, un buen rastreador, un lector adiestrado como Dios manda, cualquiera de los nuestros, como diría el buen y viejo abuelo Conrad, sabrá reconocer en pistas sutiles –una nota escrita a lápiz y borrada luego, una mancha de lluvia o agua salada, una marca de tinta, sangre o vida– la huella de mis manos. El eco de mi existencia anónima en esas páginas que amé, y que me recuerdan.
Quizá sea ésa, la palabra ‘tristeza’, la que mejor define el asunto. Como comprador y poseedor contumaz de libros usados, cazador de ojo adiestrado y dedos polvorientos en librerías de viejo y anticuarios, nunca puedo evitar que, junto al placer feroz de dar con el libro que busco o con la sorpresa inesperada, al goce de pasar las páginas de un viejo libro recién adquirido, lo acompañe una singular melancolía cuando reconozco las huellas, evidentes a veces, leves otras, de manos y vidas por las que ese libro pasó antes de entregarse a las mías. Como un hombre que, incluso contra su voluntad, detecte en la mujer a la que ama el eco de antiguos amantes, nunca puedo evitar –aunque me gustaría evitarlo– que el rastro de esas vidas anteriores llegue hasta mí en forma de huella en un margen, de mancha de tinta o de café, de esquina de página doblada, anotada o intonsa, de objeto que, abandonado a modo de marcador entre las hojas, señala una lectura interrumpida, quizá para siempre.
Y en efecto, ‘tristeza’ es la palabra. Melancolía absorta en las vidas anteriores a las que el libro que ahora tengo en las manos dio compañía, conocimiento, diversión, lucidez, felicidad, y de las que ya no queda más que ese rastro, unas veces obvio y otras apenas perceptible: un nombre escrito con tinta o la huella de una lágrima. Vidas lejanas a cuyos fantasmas me uniré cuando mis libros, si tienen la suerte de sobrevivir al azar y a los peligros de su frágil naturaleza, salgan de mis manos o de las de mis seres queridos para volver de nuevo a librerías de viejo y anticuarios, para viajar a otras inteligencias y proseguir, de ese modo, su dilatado, mágico, extraordinario vagar.
Por eso, como digo, no tengo ex libris. Rindo culto a los fantasmas, pero no deseo ser uno de ellos. Las estirpes se acaban, los mundos se extinguen, y tarde o temprano llega siempre el tiempo de los ropavejeros y los bárbaros. No quiero que mi nombre, mi lema, mi frágil vanidad de propietario sean causa de que, pasado el tiempo, alguien abra un libro polvoriento o chamuscado y descubra allí mi nombre como en la lápida de una tumba; donde por cierto, tampoco deseo figurar, jamás: «Soy –fui– de Fulano de Tal». Por eso, del mismo modo que conservo con celo ritual cualquier reliquia de anteriores propietarios, dejando allí donde la encuentro la hoja o el pétalo seco de flor, la carta doblada, el dibujo, la tarjeta postal, en lo que a mí se refiere procuro, como quien borra con cuidado las huellas de un asesinato, eliminar todo rastro. Por desgracia, alguno es indeleble: dedicatorias de amigos, subrayados y cosas así. Pero el resto de evidencias procuro eliminarlas con impecable eficacia. Situándome con paranoia de asesino minucioso ante cada libro que abandono en un estante para cierto tiempo –tal vez para siempre–, reviso antes sus páginas retirando cuanto allí dejé durante la lectura: cartas, tarjetas de embarque, notas, facturas, tarjetas de visita. Sin embargo, cuando tras la última ojeada considero limpia la escena del crimen y estoy a punto de cerrar la puerta a la manera de un Rogelio Ackroyd dispuesto a enfrentarse al detective, no puedo evitar una sonrisa contrariada y cómplice. Sé que, pese a mis esfuerzos, un buen rastreador, un lector adiestrado como Dios manda, cualquiera de los nuestros, como diría el buen y viejo abuelo Conrad, sabrá reconocer en pistas sutiles –una nota escrita a lápiz y borrada luego, una mancha de lluvia o agua salada, una marca de tinta, sangre o vida– la huella de mis manos. El eco de mi existencia anónima en esas páginas que amé, y que me recuerdan.
Arturo Pérez-Reverte
Foto tomada en Ghante, Bélgica, de cuando pasamos por allí en el viaje de estudios :)
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